El día que Gabriel García Márquez delinquió en la tierra de los vikingos

Por en abril 18, 2014

Como homenaje al escritor Gabriel García Márquez en el día de su muerte, nuestro portal Web reproduce un texto del escritor colombiano residente en Suecia, Victor Rojas.

Afiche celebración latinoamericana por Premio Nóbel

Afiche celebración latinoamericana por Premio Nóbel

Es otoño a plenitud. Sin embargo, en la pequeña ciudad de Jönköping los árboles se niegan a la fascinación de los colores y a la desnudez. En el patio de la casa, una manzana cae de la rama al pasto, vencida por el frío. En el bosque cercano se oye el ladrido de un perro y el estruendo seco de un disparo. La caza de alces está en todo su furor. En años anteriores ha habido casos de balas perdidas que perforan transeúntes y de cazadores que le echan demasiado coñac al termo del café. Aun así, el periodista uruguayo Pepe Viñoles y yo salimos a caminar por las orillas de la ciudad. Tal como acostumbro hacerlo con los amigos que me visitan. Apenas si habíamos abandonado la casa empezamos a conversar, para hacer más ligeros los pasos, de la Teoría del Caos y de lo absurda que es la Vida. Ilustramos nuestra plática con la anécdota del soldado que recibió la orden de ultimar al Che Guevara el día que cayó prisionero en una aldehuela olvidada de Bolivia. Aquel infeliz verdugo con el transcurso del tiempo quedó en silla de ruedas. Sus superiores nunca más se volvieron a acordar de él, lo abandonaron a su suerte, al remordimiento y la miseria. Y para colmo de males, las cataratas en los ojos le quitaron la visión. Pero una tarde escuchó que al empobrecido barrio donde aún vive había llegado un equipo de médicos que atendían a los necesitados sin cobrarles. Allí acudió invocando a Dios para que lo atendieran. Y así sucedió. Un par de días después de haber recuperado la vista, el ultimador del Che se enteró de que el médico que lo había operado era un cubano que cumplía tareas de solidaridad con el pueblo regentado por Evo Morales.

Un tramo del camino lo avanzamos en silencio. Cada uno de nosotros cavilaba sus asuntos. Pepe caminaba despacio, las manos enguantadas a la espalda. Parecía un filósofo socrático cargado de dudas. Por mi parte, me di a pensar en esa profundidad que las anécdotas bien referidas son capaces de generar. De un momento a otro resultamos hablando del día que le entregaron el Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez. ¡De eso ya hace más de un cuarto de siglo! expresamos al mismo tiempo. Entonces le cuento a mi amigo que en esa oportunidad la intelectualidad de Colombia no cabía en la ropa de lo orgullosa que se sentía. Tanto que hasta llegó a afirmar que la Academia Sueca se había hecho famosa al concederle el preciado galardón a Gabo.

—Si por allá llovía por acá no escampaba —repostó Pepe Viñoles quien por esa época vivía en uno de los suburbios de la capital—. En Suecia la euforia espantó el frío a sombrerazos. Con ese premio le fue dado a la mayoría de la colonia latinoamericana saborear el dulce del desquite. Un escritor perseguido por los militares de su patria, uno de los miles de refugiados del continente, era el premiado. Un contragolpe a esa derrota que es el exilio. Por eso la tarde del domingo 12 de diciembre del año 1982, la Casa del Pueblo de Estocolmo, estaba a reventar, a pesar de que la entrada costaba 100 coronas de esa época. Teníamos vedado asistir a la premiación oficial con reyes, embajadores y otras personalidades; más aún, teníamos que hacernos invisibles si queríamos entrar a la tradicional y pomposa cena de gala del Ayuntamiento.

Y enseguida me da a entender que si bien era cierto que muchos de aquellos felices latinoamericanos habían logrado en el esplendor de sus luchas sociales hacerse invisibles a las lupas de la represión, les era imposible hacer lo mismo ante los ojos de quienes cuidan y controlan la ceremonia más importante de la humanidad.

—Ni pensarlo —dice—, aunque si se hubiera intentado, tal vez hubiera sido posible. 
 
Al parecer sucedieron tantas locuras en aquella ocasión que la racionalidad sueca, estuvo a punto de explotar. Y no era para menos. A Gabo se le había ocurrido llegar a Estocolmo en compañía de un tropel de músicos y bailarines cuyas pieles ahumadas solo estaban protegidas del intenso frío por guayaberas de fina seda y blusas de mangas cortas.

—Pero no sólo eso —recuerda Pepe—. También García Márquez se negó a vestir el frac negro de rigor para recibir el premio de manos del rey. Para el escritor ponerse ese tipo de vestimenta le “traería mala suerte”, por lo que decidió lucir durante la ceremonia el, hasta ese momento, desconocido liquiliqui, atuendo caribeño de color blanco. Hay que imaginar el gran revuelo que eso causó entre los encargados del protocolo. Y como si fuera poco, se supo a media voz que llegaría un cargamento de ron de la Habana. Un gesto oportuno de Fidel Castro, por si a Gabito, su gran camarada, se le antojaba hacer una “cumbiamba” con los paisanos de Strindberg. ¡Y claro que sí —pensé—, una rumba con el sello del realismo mágico! ¿Acaso a mi compatriota no le habían otorgado el premio Nóbel por haber sido el arquitecto de Macondo? Ese villorrio tropical cuyos cochitriles tienen por techo alas de mariposas amarillas, tenía que ser consecuente y trasladarse por unos días a las nieves nórdicas. Por muy difícil y osado que eso pareciera.

Nuestra conversación fue cortada por el estruendo de un balazo y el chillido de un perro en la mitad del bosque.

—Un alce menos —dice Pepe.

Y de inmediato recuerda que hace 25 años el actor chileno Igor Cantillana lo llamó por teléfono para contarle que se estaba organizando una fiesta popular para festejar con el mismísimo Gabo. Y quería que Pepe, que también es diseñador gráfico, hiciera el afiche.

—Por esos días yo andaba bregando por hacer una plaqueta ilustrada para la editorial Nordan, a partir de la fascinación que me había causado la lectura de la novela Mascaró el cazador americano de Haroldo Conti, un autor detenido-desaparecido en Argentina. Había sacado la conclusión que tanto la imaginaría de Conti como la de García Márquez era imposible de traducir visualmente —recuerda lleno de nostalgia mi amigo.

Pero a pesar de la conclusión a la que había llegado, se puso a diseñar el afiche con gran entusiasmo. Como un poseído comenzó a rodear el rostro de García Márquez con imágenes que se le ocurrían y que fue sacando de la gráfica popular latinoamericana: de Guadalupe Posadas, de la Lira Popular chilena, de los Grabados brasileños de Cordel; también de los caprichos de Goya, buscando bucear en otro de los vientres primeros de nuestra identidad.

—Elementos esos que en mi collage iba asociando con los personajes y situaciones de la obra del colombiano —agrega.

A último minuto, como siempre sucede, el cartel fue metido a imprenta y ya impreso, se pegó por todo Estocolmo. En este punto nuestra conversación tuvo que suspenderse. Repentinamente del bosque salieron dos afligidos cazadores cargando en una improvisada camilla, salpicada de sangre, a un perro que tenía una bala incrustada en una cadera. Pepe y yo nos miramos desconcertados. Nos detenemos sin atinar a hacer nada. No es usual ver cazadores llorando. Y mucho menos cargando perros en camilla. Los vimos desaparecer rumbo al centro de la ciudad. Es Pepe Viñoles quien unos instantes después de haber reiniciado la caminata, retoma la conversación para seguir contando que aquel 12 de diciembre, un puñado de refugiados políticos, entre los cuales se contaba él, se dio cita bien temprano en la Casa del Pueblo para arreglar el local donde se llevaría a cabo la fiesta con Gabo. Las escobas, los traperos, las mesas los micrófonos, en su ir y venir extenuaron al puñado de entusiastas. Y cuando ya casi dejaban todo listo alguien llegó a decirles que tenían que ir a descargar un camión repleto de cajas de cartón. Pronto se dieron cuenta de que la carga era ¡el ron que Fidel Castro le enviaba a García Márquez! Así que tuvieron que dejar el cansancio a un lado y ponerle manos a la obra. Debajo de las escaleras del local se improvisó un depósito, una bodega llena de trago de la Habana. Eso en cualquier país del mundo no sería ninguna novedad. Pero en Suecia no solo es novedad sino delito que se castiga con más severidad que el de la evasión de impuestos. Acá, para dar algunas puntadas de la complicada política etílica, la venta de bebidas alcohólicas es de monopolio estatal y el alcoholismo es considerado enfermedad y por lo tanto se puede aducir como causal para obtener la pensión anticipada. En ninguna parte del reino se puede comprar bebidas embriagantes que no sea en estancos del Estado con horarios restringidos. Siendo así, los exhaustos organizadores de la fiesta y, por supuesto, el mismísimo Gabo, estaban, sin saberlo —por supuesto— corriendo el riesgo de ir a parar tras las rejas. Y si las autoridades se hubieran enterado, a tiempo, de lo que a esa hora estaba sucediendo debajo de las escaleras de la Casa del Pueblo, hubieran librado una orden de captura contra Fidel Castro. Y valga aclarar que no se está exagerando. En fin, le pido a mi contertuliano que me cuente cómo se desenvolvió el resto de la jornada cultural de esa tarde. Me dijo, sin perder el enardecimiento con que venía hablando, que a pesar de que el local estaba que no le cabía un alma más, él mismo terminó sentado dos filas atrás de García Márquez, su mujer y su bulliciosa comitiva. Al escenario subieron niños chilenos a bailar cuecas y Aníbal Sampayo interpretó una canción que dedicó al popular Omar Torrijos quien hacía muy poco había muerto en un sospechoso accidente aéreo.

—En ese instante me pareció que el recuerdo de su amigo panameño conmovió hondamente a Gabo —dice Pepe.

Y agrega que también cantó el popular trovador Cornelis Vreesvijk y el cantautor sueco Tommy Körberg. De un momento a otro el escenario se inundó de tambores y acordeones y fuego y sensuales contorsiones del tropel de músicos y bailarines que Gabo cargó para donde quiera que fuera durante su estadía en Estocolmo.

—Por último, García Márquez subió al escenario y se sentó frente a una pequeña mesa. Pidió un vaso de agua y aclaró que antes de empezar a leer necesitaría respirar profundo, porque su relato El último viaje del buque fantasma sólo tenía un punto al final —cuenta mi amigo.

Pepe Viñoles hace una pausa en su relato sin dejar de caminar. Veo cómo los aires de la nostalgia circundan su rostro. Mete los labios entre los dientes, para protegerlos del frío. Luego prosigue como rogando.

—Ojalá sea cierto que Gabo escogió la lectura de ese sensacional cuento cuando Mercedes Barcha, su mujer, le mostró el afiche que yo había hecho y que ella había recogido a la entrada del recinto. Sospecho que en caso tal influyó el que yo hubiera enredado en sus greñas hirsutas un pequeño Titanic.

—¿Y qué pasó con el ron?, lo interrumpo.

La respuesta llega sin dar espera alguna.

—En vista de la abundante cantidad que había, decidimos regalarle a cada asistente al evento una botella de medio litro para que se marchara solito o acompañado a la casa o a donde quisiera, a seguir con la rumba garcíamarquiana. Aun así, las botellas no se agotaron. Las que sobraron, y eran bastantes, tuvimos que cargarlas para una casa en Rinkeby y allí improvisamos una “cumbiamba” con los que quisieron asistir. En vano tratamos de consumir todo el trago escuchando vallenatos, remedando a Totó la Momposina, y tratando de bailar cumbias, contorsionados, como lo hacía el séquito de exóticos bailarines de Gabo. El caso fue que el lunes, aún con la resaca a cuestas, me enteré por los diarios que los asistentes a la fiesta del escritor latinoamericano en la Casa del Pueblo, habían violado la ley sueca al hacerse cada uno a medio litro de alcohol sin pagar el respectivo impuesto a las ventas.
  
No sobra decir que mi amigo uruguayo espantó el malestar etílico, marca Habana Club, al contemplar una vez más el afiche de fondo azul que había colgado como trofeo al ego artístico en una de las paredes de su apartamento. Ahí estaba Gabo, sonriéndole. Mirándolo a través de las costillas de un pez descolorido. Y al costado del mentón del escritor había un hombre amarrado a un poste, frente a un pelotón de fusilamiento. Una figura nacida de la sinrazón de Goya. Entonces fue cuando cayó en cuenta que con esa escena comienza Cien años de soledad, la insuperable novela del causante de la fiesta que hace ya un poco más de un cuarto de siglo en Estocolmo superó al realismo mágico.