Júbiz Hazbum, el inocente que se negó a salir de la cárcel

Por en marzo 8, 2014

Por Juán Gossain, El Tiempo, 06 marzo de 2014

Pasaron años para que Estado, que lo acusó de matar a Galán, lo declarara inocente. Un montaje judicial más. Crónica de Gossaín.

Júbiz Hazbum

Júbiz Hazbum

Lo recuerdo como si fuera hoy: estaba comenzando un largo puente festivo.

La noche en que mataron a Luis Carlos Galán, el mejor hombre de mi generación, yo llegué a pasar el fin de semana en Santa Marta con un grupo de periodistas amigos que habíamos estado en Barranquilla para el cubrimiento noticioso de un partido de fútbol, en el que Colombia se jugaba su clasificación al campeonato mundial.

Eran casi las tres de la mañana cuando tuvimos que regresar a Bogotá, de carrera, en el mismo avión que iba por todo el país transportando los paquetes de periódicos. Nunca olvidaré los gritos de un muchacho negro, que desfilaba en medio del sepelio, la cara bañada en lágrimas, y exclamaba con el puño en alto: “Justicia, justicia”. La muchedumbre lo coreaba.

Cuatro días después, el 22 de agosto de 1989, cuando abrí el diario, estuve a punto de desplomarme. En primera página aparecía la foto de un hombre al que acusaban de ser el asesino. Lo reconocí de inmediato por la cabeza calva, los ojos profundos y los tres bigotes que tenía en la cara, uno encima del labio y otros dos a manera de cejas. Nunca en mi vida había visto, ni he vuelto a ver, un par de cejas más grandes, más tupidas y más revueltas que las suyas. Era Alberto Júbiz Hazbum.

Israelí, palestino, egipcio, terrorista

Nos hicimos amigos en Barranquilla, donde yo había vivido pocos años antes, porque él, que era químico de profesión, trabajaba en la empresa de las Supertiendas y Droguerías Olímpica y yo era periodista de una emisora que pertenecía a los mismos propietarios.

Los fines de semana solíamos coincidir jugando dominó y, sobre todo, en fiestas y parrandas. Nos reuníamos en las venerables instalaciones de La Cueva, que había sido refugio de escritores y artistas. Júbiz era tan alegre y expresivo, tan excéntrico y original, que sus amigos lo llamaban cariñosamente el ‘Loco’ Júbiz. Uno de los seres más buenos e inofensivos que uno pudiera tropezarse en la vida. En ese momento tenía 53 años.

En aquella fotografía de la primera página, más ceñudo que nunca, llevaba bajo el brazo un periódico impreso en árabe. Las autoridades informaban que era un terrorista palestino, que había llegado del Medio Oriente especialmente para cometer el crimen, pero luego dijeron que ya no era palestino sino egipcio. A los tres días lo habían transformado en un agente secreto israelí. El episodio hubiera resultado cómico si no fuera tan trágico.

El estadio, Soacha, los hidropónicos

El general Miguel Maza Márquez, que dirigía el DAS, y el coronel Óscar Peláez Carmona, que dirigía la Dijín, lo señalaron públicamente de matar a Galán en la plaza de Soacha. Revelaron, inclusive, que habían encontrado en su apartamento la ametralladora del caso, marca Ingram. Fueron más allá: afirmaron que dos días antes de la muerte, el miércoles 16 de agosto, varios testigos habían visto a Júbiz merodeando sospechosamente por aquella plaza.

Júbiz, que ya estaba recluido en la cárcel bogotana de la Modelo, me llamó a RCN Radio. Le hicimos una extensa entrevista en nuestro noticiero matutino. Contó que, en realidad, la noche del miércoles 16, en la que falsos testigos decían haberlo descubierto en Soacha, él estaba en el estadio de fútbol presenciando un partido de Junior contra Millonarios. Más de treinta testigos, que lo habían visto a lo largo del juego, testimoniaron en su favor.

Fue entonces cuando le cambiaron la fecha, así como le habían cambiado tres veces la nacionalidad. Dijeron que no había sido el miércoles 16 sino el viernes 18, pocos minutos antes del tiroteo, cuando lo vieron en la plaza. Júbiz demostró que a esa hora estaba en un salón de Bogotá asistiendo a unas conferencias sobre la mejor manera de hacer cultivos hidropónicos, los que crecen en agua, no en tierra.

La verdad es que las inundaciones del último invierno lo habían dejado en la ruina, ya que arrasaron con un mediano cultivo de tomates que tenía cerca de Barranquilla, y ante ello tuvo que mudarse a Bogotá en busca de mejores destinos. Por eso estaba aprendiendo agricultura acuática. Esta vez fueron veintiséis los testigos, entre compañeros de curso y una de las profesoras, quienes confirmaron que su declaración era verídica.

—Incluso –dijo la profesora–, esa noche tuve que regañarlo porque se estaba quedando dormido en el salón.

—Lo cierto –me dijo Júbiz, en una nueva entrevista radial– es que me había tomado unos whiskies antes de llegar al curso.

Nada de eso valió ante los investigadores y la perversidad de la justicia: contra toda evidencia, y mientras crecía el desfile de testigos, a Júbiz lo dejaron cuatro años en la cárcel.

Lo que pasó aquella mañana

Acabaron con su vida y con la de su familia. Sus allegados fueron sometidos a vejámenes terribles. La gente los despreciaba en la calle. A su hermano Neyib lo echaron del trabajo. A sus padres, un par de ancianos libaneses, les ocultaron por piedad lo que pasaba con el hijo, para evitarles penas mayores. Murieron sin saber que estaba en la cárcel.

Si ahora reconstruyo una parte de esa historia, es porque hace unos cuantos días, a punto ya de cumplirse 25 años del crimen monstruoso contra Galán y de la infamia contra Júbiz, los jueces del Consejo de Estado condenaron a la nación por lo que le hicieron a un inocente. Ordenaron pagarles 3.000 millones de pesos a sus herederos y reivindicar su nombre, públicamente y para siempre.

Creo, en consecuencia, que ha llegado la hora de contar lo que ocurrió una mañana de 1993, muy temprano, cuando estábamos trabajando en las correndillas que impone un noticiero radial. Júbiz tenía ya cuatro años de estar preso. El muchacho encargado de las comunicaciones telefónicas viene y me dice que tiene una llamada muy extraña para mí.

—Hay unos hombres gritando como locos en la línea –me explica–. Algo grave está pasando.

Agarro la bocina y casi me dejan sordo: al otro lado gritaban dos o tres personas al mismo tiempo, frenéticas y enloquecidas. En medio de la algarabía reconozco el vozarrón inconfundible del ‘Loco’ Júbiz.

La dignidad de un hombre

—Sigan pegándome, sigan, que ya estoy al aire en RCN –dice, desafiante, pero yo no sé a quién se refiere.

Entonces los otros se calmaron un poco y por un momento muy breve. Temían que semejante escándalo saliera por radio. De manera atropellada, Júbiz me cuenta lo que está ocurriendo. Los guardianes le pegaban en los nudillos para que soltara el teléfono público de la cárcel.

—La Fiscalía General me concedió libertad condicional –dijo–, pero yo no salgo de aquí con condiciones. Yo no he matado a nadie. Yo no he hecho nada. Aquí me quedo.

Volvieron a darle. Entre quejidos y la bullaranga, Júbiz siguió hablándome:

—A mí me dan mi libertad incondicional o no salgo de la cárcel.

De súbito, uno de los guardianes pasa a la línea. Me dijo que ese tipo estaba loco.

—Llevo veinte años trabajando aquí –agrega– y es la primera vez, señor, que veo a un preso que se niega a salir en libertad.

—Quiero mi libertad sin condiciones –seguía gritando Júbiz.

Alcancé a oír algunas voces, probablemente de otros presos, que le aconsejaban salir de la prisión. “Allá afuera puedes pelear mejor por tu inocencia”, le aconsejó uno de ellos.

—Que no –le contestó Júbiz–. O me dan mi libertad completa o me quedo aquí.

Repentinamente se siente en la línea un gran estrépito. Quejidos humanos. Algo se derrumba. Gente que rueda por el suelo. Vuelve a hablarme el guardián. Me pide excusas porque el tubo metálico que sostiene la cabina se ha desplomado, ya que Júbiz se aferró a él.

Entonces doy órdenes a los operadores de conectar la llamada al aire. Vamos a transmitir lo que está sucediendo en la cárcel. Que el país entero lo sepa. Pero, por desgracia, en ese preciso momento se cortó la comunicación.

Epílogo

Esa noche, Júbiz Hazbum durmió a la intemperie, sin una sábana siquiera, bajo el frío impiadoso de Bogotá, agarrado al poste roto de la cabina, como se agarra un náufrago a la tabla de salvación en mitad del mar. No se dio por vencido. La que se dio por vencida, al día siguiente, fue la justicia: le decretaron la libertad incondicional. Se marchó en el acto.

Volvió a Barranquilla, siguió luchando por limpiar su nombre, demandó al Estado y murió de un infarto cardiaco, en abril de 1998, a los 62 años, mientras descansaba en la finca de unos amigos, cerca de Sabanalarga.

Tuvieron que pasar casi 25 años para que el propio Estado que lo había destruido terminara por concederle la razón. Es el triunfo de la dignidad de un hombre solitario contra el poder descomunal y perverso de la injusticia.

Porque Júbiz Hazbum será para siempre, sin duda alguna, un símbolo de los desafueros de la justicia de Colombia, donde meten a los inocentes en la cárcel mientras los criminales andan pavoneándose por la calle.